El papel del sistema inmune, el estrés y la percepción en una remisión de cáncer extraordinaria que desafía la ciencia.
Hoy quiero hablar de Anita Moorjani, autora conocida por haber experimentado una recuperación extraordinaria tras un linfoma de Hodgkin en fase terminal. Su historia comienza como un proceso médico habitual: diagnóstico, tratamientos oncológicos y, con el paso de los años, una progresión del cáncer que la llevó al fallo multiorgánico y al coma profundo en 2006. Lo que ella describe es justamente lo que mi hermano experimentó los dias antes de morir. El pronóstico era devastador: los médicos comunicaron a su familia que le quedaban horas de vida. Sin embargo, en ese momento límite, Anita relata haber tenido una experiencia cercana a la muerte. Describe un estado de conciencia expandida, una sensación de comprensión profunda y un encuentro con un amor incondicional que le permitió percibir su vida desde una perspectiva radicalmente distinta. Según su testimonio, en ese estado sintió que podía elegir entre irse o volver. Tomó la decisión de regresar, y al despertar comenzó algo que sus médicos calificaron como una recuperación inusual: el tumor empezó a reducirse de forma muy rápida hasta desaparecer por completo en los meses siguiente. Según Anita, vió que la muerte no era un final y que estamos en este mundo para lo que tanto tememos: SENTIR y AMAR INCONDICIONALMENTE, sin querer cambiar a nadie.
Este tipo de casos no son frecuentes, pero sí existen en la literatura científica y se conocen como "remisiones espontáneas". Se han documentado miles en una base de datos dirigida por el Dr. Brendan O'Regan y ampliada por la Universidad de Arizona, donde se registran recuperaciones inesperadas en distintos tipos de cáncer. Aunque no existe una explicación definitiva, hay varias hipótesis biomédicas que podrían converger: desde una activación súbita del sistema inmunitario hasta cambios extremos en la fisiología del estrés. La psiconeuroinmunología, impulsada por investigaciones como las de Candace Pert sobre los neuropéptidos y las emociones, o las de Bruce Lipton sobre percepción y epigenética, sostiene que la manera en que el cuerpo interpreta el peligro o la seguridad puede influir en la regulación de genes implicados en inflamación, reparación y vigilancia inmunitaria. Gabor Maté, en su obra When the Body Says No, ha mostrado cómo las experiencias emocionales reprimidas y el estrés crónico pueden afectar al sistema inmunológico y aumentar la vulnerabilidad a enfermedades graves, incluido el cáncer. Cuando no hay miedo, la fisiologia del estres se desactiva y el Sistema inmune funciona al 100%.
(¿Has oido hablar de los inmunosupresores que dan a personas transplantadas para que su cuerpo no rechace el nuevo órgano? Pues esos inmunosupresores son en realidad HORMONAS DEL ESTRÉS.)
Desde la neurociencia del trauma, autores como Stephen Porges, creador de la Teoría Polivagal, y Bessel van der Kolk, autor de The Body Keeps the Score, demuestran que el miedo sostenido y la desconexión emocional pueden mantener al organismo en estado de supervivencia, inhibiendo funciones clave de reparación tisular. El investigador Bruce McEwen, con su teoría de la carga alostática, ha explicado cómo el estrés crónico altera hormonas y mediadores inflamatorios que afectan a todos los sistemas corporales. Si el cuerpo permanece durante años en vigilancia y defensa, su capacidad de sanar se ve reducida. Lo interesante del caso de Anita es que todo cambió cuando su experiencia subjetiva del mundo cambió: del terror a la seguridad; del aislamiento al amor; de la amenaza a la confianza. La ciencia sabe que la percepción puede modular profundamente la biología. Lo que aún no puede explicar del todo es la magnitud y la rapidez de una remisión como la suya.
No todos los científicos aceptan que la experiencia cercana a la muerte sea la causa de su curación. Algunos sugieren que pudo existir una respuesta inmunitaria tardía o una sobreestimación médica del estado terminal. Pero incluso con esas cautelas, el hecho clínico permanece: una mujer que estaba muriendo se recuperó por completo. Su historia no es una prueba de que el pensamiento cure el cáncer, ni un mensaje de culpa para quienes no se curan. Es, más bien, un recordatorio humilde de que el cuerpo posee capacidades de reparación que aún no entendemos, y que la conexión humana, la sensación de ser sostenidos y el sentimiento profundo de seguridad interna pueden tener efectos biológicos que empiezan a ser medibles. Historias como la de Anita nos invitan a mantener la mente abierta, a seguir investigando sin descartar dimensiones subjetivas de la experiencia humana, y a recordar que la ciencia avanza precisamente cuando se encuentra con aquello que todavía no puede explicar. El cuerpo y la naturaleza están muy bien diseñados. Empieza por apagar el estrés de tu cuerpo, tus heridas emocionales.
Cuando algo te molesta, quieres cambiar al otro, te cabreas... Ahí hay herida. Tu estrés NO lo has apagado.
El problema no es lo que pasó (trauma) sino que el cuerpo no sabe que ya pasó, no apaga el estrés.
Feliz día,
Davi 💚
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