Una mirada compasiva sobre la enfermedad: cuando el cuerpo enferma para proteger un vínculo, un rol infantil o una necesidad no atendida.
Cuando el cuerpo enferma para proteger un vínculo.
Durante mucho tiempo nos han enseñado a mirar la enfermedad como un error del cuerpo, como un fallo biológico o como algo que hay que combatir cuanto antes. Bajo esta mirada, el síntoma aparece como un enemigo: algo que hay que silenciar, eliminar o corregir. Sin embargo, cuando ampliamos la perspectiva desde la psicotraumatología, la teoría del apego, la medicina psicosomática relacional o los enfoques sistémicos, empieza a revelarse otra comprensión mucho más profunda y, sobre todo, más compasiva.
La enfermedad puede convertirse en una solución adaptativa del sistema cuando no existen otros recursos disponibles para proteger un vínculo vivido como vital.
Esto es clave. El cuerpo no enferma porque sí. Tampoco castiga, ni manipula, ni decide de manera consciente. El cuerpo responde. Se adapta. Hace lo mejor que puede cuando la psique no encuentra una salida posible.
Cuando un niño o una niña percibe que su pertenencia, su cuidado o su supervivencia dependen de cumplir un determinado rol, ese rol se convierte en una ley interna. No es una elección racional; es una estrategia de supervivencia. Y cuando, años más tarde, ese rol se vuelve insostenible, el cuerpo puede asumir la función que la conciencia no logra realizar: frenar, proteger, limitar.
Por eso, el eje no es la enfermedad.El eje es el vínculo y el rol aprendido en la infancia para sostenerlo.
Comprender esto lo cambia todo. Tu cuerpo no te traicionó. Hizo lo mejor que pudo con los recursos que tenía.
El síntoma no aparece en el vacío
Un síntoma nunca aparece aislado del contexto relacional. Siempre emerge dentro de un sistema de vínculos, expectativas y exigencias, aunque no seamos conscientes de ello.
Por eso, el primer paso no es buscar causas en la infancia ni interpretar el significado oculto del síntoma. El primer paso es mucho más sencillo y mucho más revelador: observar qué cambia en la vida de la persona desde que el síntoma aparece.
Muchas veces, cuando alguien enferma, algo se detiene. Algo se suspende. Algo deja de exigirse. Quizá alguien empieza a estar más presente. Quizá la persona deja de cargar con determinadas responsabilidades. Quizá ya no se espera de ella que sostenga, que resuelva o que esté siempre disponible.
Esto no se mira desde el juicio, sino desde la honestidad.No se trata de decir “el cuerpo quiere enfermar”, sino de reconocer que el síntoma *tiene efectos reales* en la red relacional.
En ocasiones, aunque resulte difícil admitirlo, el síntoma trae consigo un descanso que nunca antes estuvo permitido. Un “ya no puedo” que por fin es escuchado. Un límite que, sin dolor, jamás creía que habría sido respetado.
Cuando aparece culpa al observar esto, no significa que la persona sea egoísta o manipuladora. Significa que hemos tocado algo verdadero demasiado rápido. La culpa indica que esa estrategia fue necesaria en algún momento, y que aún no ha sido integrada con suavidad.
El rol imposible y la amenaza de pérdida
Detrás de muchos síntomas aparece un rol vivido como obligatorio: ser fuerte, ser responsable, no molestar, poder con todo. Son roles que no nacen del deseo, sino del miedo. Miedo a decepcionar, a perder el amor, a quedarse solo o sola.
Cuando se explora qué pasaría si ese rol se soltara sin enfermar, la respuesta rara vez es neutra. Aparecen fantasías de abandono, rechazo o derrumbe de la propia identidad. “Si no hago esto, ¿quién soy?”. “Si dejo de sostener, ¿quién me querrá?”.
Aquí suele aparecer claramente una parte infantil. No es la adulta la que teme, sino la parte infantil que aprendió muy pronto que su lugar en el sistema dependía de su comportamiento. Esa parte no tenía alternativas. Hizo lo que pudo.
El síntoma, entonces, no protege del mundo. Protege de la pérdida del vínculo.
Cuando el cuerpo recuerda lo que la mente olvidó
Solo cuando el cuerpo lo permite (nunca antes) puede emerger una escena temprana. No como un recuerdo intelectual, sino como una vivencia sentida, con emoción. Una escena donde el niño o la niña comprendió, sin palabras, que ciertas emociones estaban prohibidas y que ciertas funciones eran imprescindibles para que todo estuviera bien.
No se trata de analizar esa escena ni de buscar culpables. Se trata de acompañar el dolor que nunca fue acompañado. Llora... Permite que salga el dolor.
Cuando ese acompañamiento ocurre, algo profundo empieza a reorganizarse. El cuerpo ya no necesita sostener solo lo que antes fue imposible sostener con ayuda.
El lenguaje simbólico del síntoma
El cuerpo habla con una lógica concreta, no abstracta. Un dolor de espalda no es solo dolor: es carga. Un síntoma en los brazos puede hablar de dar, de pagar, de sostener. La obesidad puede convertirse en una protección frente a una mirada vivida como peligrosa. La caspa puede querer dar luz a pensamientos que no pudieron compartirse sin poner en riesgo un vínculo.
No es que el cuerpo “quiera” esto.Es que no encontró otra vía.
Cuando la persona empieza a decir “no puedo” sin enfermar, cuando empieza a recibir sin culpa, cuando se permite descansar sin justificarse, el síntoma pierde su función protectora. Ya no es necesario.
El "perdón" que libera al cuerpo
El perdón, en este contexto, no es minimizar lo ocurrido ni decir que “no fue para tanto” "no ocurrió". El perdón es retirar el castigo interno que él niño o la niña asumió para poder pertenecer.
Es poder decir, con verdad: “Tiene sentido que hicieras eso. No estabas equivocado o equivocada. Ya no estás solo o sola.”
Cuando esa frase deja de ser solo palabras y se convierte en experiencia interna, el sistema nervioso sale del estado de amenaza. El cuerpo deja de vivir en alerta. La respuesta al estrés se apaga progresivamente. Las defensas pueden activarse. La energía vital vuelve a estar disponible para la reparación.
No se trata de quitar el síntoma.Se trata de comprender qué estaba cuidando, protegiendo.
Y cuando eso se ve, cuando el vínculo ya no depende del sacrificio ni del dolor, el cuerpo puede, por fin, descansar. Ser UNO mismo sin miedo a estar solo o sola. Sabiendo que no dejarán de amarle por ser como es, sin personaje.